jueves, 27 de enero de 2011

Love stone

La joven apenas había llegado a la adolescencia de su vida. Era hermosa, tozuda y orgullosa, y por ello nadie se atrevía a entrar en su mundo, nadie se atrevia a acercarse y tenderle una mano. Pero eso a ella no le importaba, pues no estaba sola. Estaba enamorada.

Lo conoció un dia de lluvia, mientras sus padres discutian. Acongojada por los gritos, huyó de casa hacia el monte, y en poco tiempo se perdió. Andubo y andubo, y finalmente cayó agotada, calada hasta los huesos. Ahi lo conoció. Custodiando una antigua cueva, un hombre la miraba fijamente, sin moverse. "¿No piensa ayudarme?" gritó la joven, pero el hombre no se movió. Orgullosa como era, la joven hizo acopio de sus fuerzas y se levantó. Se le acercó lentamente, pues apenas se mantenía en pie, y al llegar a su lado un rayo iluminó el rostro del muchacho. Era frío y blanco como el mármol, pero sus ojos la miraron fijamente. Las piernas le fallaron, no podía mas. Su cabeza impactó con sus manos y todo se volvio negro.

Cuando despertó, el sol le acariciaba los pies doloridos. Estaba seca, metida en la cueva y resguardada del frío. Y el hombre seguía ahí tan impasible como a la noche. Se levantó y se acercó a él, y entonces fue cuando lo descubrió: que no es que fuera blanco, es que realmente era de mármol. Era una estatua. Llena de dolor al ver que su salvador no era un hombre, cayó al suelo llorando. Nadie habia venido a por ella, estaba sola. Miró a la estatua que se erguía fuerte ante ella, y en un momento desesperado, lo abrazó. Habia esperado chocarse con el frío material, pero la piedra estaba caliente. Se sentia agusto. Estuvo así mucho tiempo, hasta que unas voces la hicieron salir de su mundo: sus padres, que aparecieron con cara de preocupación y la abrazaron. Mientras se la llevaban, felices de haber encontrado a su hija, ella se miraba las manos, recordando una y otra vez el tacto cálido de esa estatua..  miró atrás mientras se alejaban, y vio en su delirio que la estatua le sonreía.

Y allí dejó su corazón, pues había encontrado a alguien que superaba su orgullo, que no perdía el porte y que la hacia no sentirse sola nunca más... Se había enamorado de una piedra.

Pero el tiempo pasó, y aunque ella seguía enamorada, era un amor muy doloroso. Iba casi diariamente a visitarlo, le contaba sus problemas, se acurrucaba en sus piernas, acariciaba sus manos. Pero la piedra seguía impasible. Tras eso empezó a querer hacer cosas con él, a intentar llamar su atención, pues ella sabía que no era una piedra corriente, ¡Le había sonreido! La había salvado de morir del frío esa noche, y por ello lo amaba. Lo besaba, le bailaba, incluso trató de seducirlo carnalmente, pero la piedra no se movió.
Y la joven, que siempre había sido tan orgullosa y segura de sí misma, se empezó a descubrir llorando por los rincones, con un agujero en su corazón, pues su apuesto caballero blanco no la amaba. Pero ella no iba a rendirse, jamás.

Finalmente, llegó el dia en que sus padres decidieron casarla. Ella se negó, pero no podía decirles a sus padres la verdad: como iban a entender que estuviera enamorada de una piedra? Asi que hizo lo único que podía hacer: huir con su amado. Preparó lo básico para sobrevivir y salió en su busca. No se dio cuenta, al salir, que alguien la seguía... 

Al llegar, se arodilló ante él y, con lágrimas en los ojos, le suplicó que huyeran juntos. Pero la piedra no se movió. Indignada, empezó a gritarle, a reprocharle lo mucho que lo había amado, que lo amaba, mientras que eso a él parecía no importarle. Pero la figura ni parpadeó. Finalmente, con el corazón destrozado, tan solo le pidió que la abrazara, que la embriagara de nuevo con ese calor que la salvó. Lo abrazó, sintió una pizca de su calor y suspiró aliviada: la amaba, no lo demostraba con actos, con palabras o con gestos, pero su calor bastaba para que ella lo entendiera.

Pero los demás no lo entendieron. Su pretendiente la había seguido y, desde un rincón, lo había visto todo. Les contó a los padres de la muchacha, alegando que había perdido el juicio, que estaba loca. Los padres no le creyeron, pero al ver que su hija no volvía, accedieron a ir con el joven a la gruta donde se encontraba su hija. Fuera de sí por la vergüenza que su hija le estaba haciendo pasar, la arrancó de los pies de la estatua y se la llevó a rastras, ignorando las súplicas y los llantos de una hija orgullosa que, por su propia dejadez, habia caido en locura.

La encerraron. No la dejaban salir, ni siquera a pasear con alguien más, y en poco tiempo le confirmaron que la trasladarían a un centro especializado. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¡Su hija estaba loca! ¡Afirmaba amar a un trozo de piedra!

Presa del pánico por no poder volver a ver a su amor, la joven tomó una decisión. Una noche fría, se escapó por la ventana mientras sus padres dormían. No llevaba nada con ella, esta vez: ni zapatos, ni ropa de abrigo... Iba cubierta únicamente con su fino vestido de cama, y un objeto pequeño que apretaba en su puño. Se puso a llover, y empezó a tiritar, pero su amor le daba fuerzas para avanzar. Porque era su amor por aquel ser estructurado, solo eso, lo que daba sentido a su existencia. Y sin él... Llegó frente a la piedra, y cayó a sus pies, rendida. 

No paraba de llover.

No quedaba mucho tiempo, lo sabía. En cualquier momento descubrirían su escapada, y entonces solo sería qüestión de tiempo que la encontraran. Quería quedarse ahí, con él, para siempre, y aunque doliera, sabía que solo había una manera. Abrió su mano y descubrió una navaja. Era vieja, pero sin duda serviría. Romeo no dudó en quitarse la vida por estar junto a Julieta, y ella tampoco iba a hacerlo. 

Porque lo amaba, y no podía vivir sin él.

Recostada en sus piernas, pudo escuchar vagamente como alguien se acercaba. Sonrió, mientras veía como la sangre se mezclaba con la lluvia. 

Llegaban tarde.

Mientras sus padres lloraban e intentaban inútilmente retener a su hija, ella miraba el rostro de aquel muchacho, aquella piedra que llenó el agujero de su alma. Y, entré la lluvia, lo vio llorar.

Lloraba de impotencia por el destino de su amada. Lloraba de dolor por no haber podido consolarla...

Lloraba porque él, una piedra, no pudo hacer nada por ella... Salvo matarla.

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