lunes, 29 de agosto de 2011

recordando... Reila

Las velas temblaron inquietas.
El viento pasó, como un cortina que se levanta ante el nacimiento de la desesperación.
Ls pequeña no lloró, ni tan siquiera hizo el intento.
Todos pensaban que había nacido muerta.
Pero su madre, ahí presente, débil como estaba, la abrazó con fuerza y le dio un beso en la frente.

"mi niña... por fin puedo verte... mi Reila"

Y la niña, a pesar de no entender nada... sonrió.
Pero la madre no sonrió.
Pues esos hermosos ojos que poseía su hija, eran los ojos del demonio.
Su pecado estaba al descubierto.
¿como pudo pasar?
El fruto de su amor... era su condena.

Mientras todos los criados observaban aquellos hermosos ojos, alguien entró por la puerta. Iba cubierto con una larga capa negra de viaje, y tan solo dejaba entrever unas huesudas manos frías.
Todos, al verle, acallaron los murmullos.

"mujer pecadora, vengo a llevarme este ser del averno que has engendrado. Yo me lo llevaré, y todos los aquí presentes acallaran este nacimiento. Así, tu culpa no será descubierta."

"¡¡no!! ¡¡no puedes llevarte a mi hija!! ¡¡no te lo permitiré!!" dijo, mientras miraba el vulto que mantenía etre los brazos. Pero esos ojos la taladraban desde el fondo de su alma... esos hermosos ojos dorados, prueba de su pecado...

"no pido ningún precio a cambio. Tan solo la niña. Solo la quiero a ella..."

Sin saber apenas que hacía, en un momento la pequeña criatura se encontró entre esas manos huesudas, mientras agarraba fuertemente la mano de su madre, que lloraba desconsoladamente...

"lo siento, Reila... te quiero, mi amor..." y soltó la pequeña mano, mientras los criados se la llevaban a rastras.

Y la pequeña Reila la vio partir, con una sonrisa en el rostro...

Pasaron años, muchos años. A pesar de estar sola, Reila pudo manenerse con vida. Estaba viva.
A pesar de ser abandonada tan solo al nacer, de no tener a nadie al lado, seguía pensando que no era una niña desafortunada.
Pues su belleza había logrado amansar a los más fieros humanos hasta el punto de ser una más... hasta que veían sus ojos.
Esos hermosos ojos, dorados como apenas nadie había visto, reflejaban el pecado de donde había nacido. Ella lo sabía muy bien, pues todos la marcaban con el nombre de "incesto". Aunque ella no conocía muy bien de que se trataba, sabía que sus papás habían hecho algo malo. Algo muy malo. Pero ella no les culpaba por ello.
Cada noche, al ir a dormir, su mano temblaba con el frío del suelo, y ella recordaba aquella dulce mano que la cogía con fuerza, aquella mano que no quería soltarla... y lloraba.
¿por qué?
Y era en esos momentos, donde su corazón más dudas albergaba, donde aparecía ella.
Una mujer de capa larga y negra, de huesudas manos y que jamás dejaba entrever su cara.
Siempre paecía ante ella y le tendía una mano... y le susurraba, ven conmigo.
Pero Reila la miraba, con esos ojos de pecado, llorosos, y le sonreía.

"mañana. Mañana iré contigo. Hoy todavía no..."

Y la mujer, tal como había venido, se iba por esas sombras de la noche...

Reila aprendió a hacerse la ciega. Si nadie veía sus ojos, pensaba, nadie la juzgaría y nadie la odiaría. Y así fue, como día tras día, se ganó la confianza de la gente del pequeño pueblo al que llegaba, donde no sabían de su pecado, donde se apiadaban de ella y la amaban. Donde se sentía amada.
Pro ella se sentía triste. Estaba mintiendo a esa buena gente, haciendose pasar por una ciega... y sin poder mostrar esos hermosos ojos que tanto repudiaba la gente.

La pequeña llegó a pensar que, si les contaba largo y tendido su situación, si les abría su corazón, ellos la entenderían. No podían ser tan malos. Y así lo hizo...

En cuanto abrió los ojos, todos se sorprendieron. Esa luz desbordante, comparada con la propia belleza de la joven niña, les deslumbraba. Esa niña, nacida del incesto de unos cobardes que l dejaron tirada.. era la más hermosa de las piedras. Era la piedra del pecado. Pero, por eso mismo...

"¡¡fuera de aquí!! ¡¡no vuelvas!!"

Y Reila se vió tirada, con su corazón hecho pedazos, saliendo aprisas de la ciudad. Y sus hermosos ojos se empañaban de lágrimas, mientras frente a ella aparecía la oscura mujer de negro.

"no llores, pequeña... ellos no pueden entenderte, mi amor. Ellos no pueden entender cuan importante eres tú... no saben ver tu belleza. Ven conmigo..." y le ofreció la mano.

Reila la miró, temerosa. Estiró la mano, la apoyó con la mano hesuda, y cerró su puño, mientras sonreía.

"mañana... mañana me iré contigo. Hoy no, solo un día más..."

La mujer, sorprendida, dijo tranquilamente "si ese es tu deseo... que así sea." Y despareció de nuevo, dejando a Reila sola, mientras lloraba sobre la blanca nieve...

Y el tiempo cambió, y las estaciones cedieron, y Reila creció. Pero su corazón no se rindió. A pesar que siempre la rechazasen, a pesar de que nadie quisiera amarla tan solo por esos ojos... ella nunca se rindió.

Y llegó el día en que, tras mucho tiempo, apareció. Era un joven cercano a su edad, que trabajaba la tierra con dureza como pasatiempo y vivía ajeno a sus padres. Cuando la vió, tuvo miedo de mirarla, cuando la miró, miedo de acercarse y, una vez cerca, miedo de perderla. Sus ojos lo habían cautivado. ¿por qué los odiaban tanto? eran unos ojos hermosos, no eran ojos humanos. Ella misma no era humana.

Ninguno de los dos pudo hacer nada por evitarlo, ninguno de los dos quiso evitarlo. Sus almas se entrelazaron mietras sus cuerpos se fundían en uno, mientras se juraban ese amor que Reila no había conocido, que conocía ahora en manos de ese joven al que le había abieto su corazón al completo, aquél joven que pudo ver más allá de sus ojos, más alla de su cuerpo... que pudo ver su alma, la cogió y la mantuvo en protección, junto a él, sin que nada pudiera evitarlo...

Reila era feliz. Por primera vez en la vida, ncontraba sentido a su existencia, y se sentía feliz de ello. se sentía querida... se sentía especial. Por primera vez... había podido ser persona.

El fruto apareció. Reila se mareó y notó comoalgo estaba creciendo en ella. Una nueva vida, fruto del amor entre ella y el joven. Por fin, su vida tenía sentido...

hasta que en esa tarde de lluvia, la mujer de manos huesudas apareció. El joven había partido en busca de sus padres, para darles la buena nueva. Pues se iban a casar. Estaba al llegar... y esa mujer apareció. Con su ropa arraigada y sucia, con sus manos huesudas y su voz fría, apareció frente a Reila.

"mi pequeña niña... he venido a avisarte. Has escapado temporalmente de tu vida, pero, mi niña.. este no es tu destino. ahora que eres feliz, que todo va tal y como tú deseas... ven conmigo, mi niña... antes de que vuelvas a sufrir" y, como de costumbre, le tendió la mano a la dulce muchacha. Ella, como de costumbre, sonrió.

"Mañana. Hoy no puedo irme contigo, pues alguien está esperandome. Mañana..."

"Mañana será demasiado tarde, niña..."

"nunca será demasiado tarde, abuela... hora debo esperar a mi marido. Mañana me iré con vos." Y la mujer, que cada vez estaba más curvada, dijo con su fría voz, alentada con un aspera desesperación...

"si ese es tu deseo..." desapareció.

A lo lejos, un hombre venía corriendo, seguido por un montón de hombres con palos de madera y estacas. Junto a él, una anciana mujer corría desesperada.
Ambos entraron en la casa, desesperados. La cogieron por los hombros y la sacaron de la casa a toda prisa, mientras eran perseguidos. Al llegar a las montañas y haber ganado algo de distacia, pararon.

"¿qué sucede?" la mujer se le echó encima, llorando a lágrima viva. El joven no se atrevía a abrir boca. Lentamente, la mujer le susuró al oído...

"¿cómo puedes estar viva? yo... yo te bandoné... ¡¡y te vendí a cambio de mi vida...!!" miró esos ojos dorados, y su llanto se incrementó, mientras Reila no quería pensar, no quería saber lo que empezaba a comprender, lo que en unos segundos destrozaría toda su felicidad...

"Yo soy fruto de esa vida... de esa vida concebida a cambo de la tuya... mi vida... jamás pensé qe pudieras ser... mi propia hermana..."

Crack.
Algo se partió.

Lentamente, Reila miró a su joven amado, que no era capaz de mirarla a los ojos. Miro a su madre, a la madre de ambos, que lloraba sobre ella desconsoladamente... y miraba ese pequeño bulto que tenía en el vientre, ese pequeño fruto de su felicidad que ahora era igual que ella, fruto de un amor prohibido entre hermanos...

"vete de aquí. Tú, y tu hijo. Iros a un lugar adonde nadie os pueda encontrar... olvidaros de nosotros... si no te matarán, hija mía..."con unas últimas fuerzas, empujó con fuerza a su hija, mientras lloraba "¡¡iros a un lugar donde vuestros ojos no puedan ser pecado!!" el joven cogió a la madre, casi desfallecida, y miró a su prometida, blanca y temblorosa.

Reila lo sabía, ahora lo entendía. Tras una última sonrisa hacia el amor de su vida, salió corriendo montaña arriba, con sus manos protegiendo su pequeño bebé. La lluvia se mezclaba en su rostro junto con sus lágrimas, junto con el barro levantado y junto con la desesperación que sentía al pensar, que aquél que la habia amado, la única persona que la había querido y la habia entendido era... aquél que despertaría el pecado de nuevo.

Esa noche, al caer de sueño, algo la despertó. La anciana mujer se le sentó al lado, lentamente, y le ofreció la mano, sin decir nada.
Pero ella podía verlas, esas lágrimas que no salían de la capa, esos sollozos callados por ella, solo por ella, por aquella niña que un día dejaron a su cargo... por aquella niña que tan solo ella había cuidado... lentamente, levantó su mano, la cerró en puño y, llorando mientras esbozaba una sonrisa, le susurró...

"mañana. Hoy todavía no... mañana"

La mujer, sorpendida, contestó, como siempre habia hecho desde en día que la niña empezo a hablar...

"si así lo deseas..." y desapareció, dejando a Reila sola de nuevo, entre esas bastas montañas, entre esa oscuridad de la que ahora formaba parte.

Durante meses y meses vagó, sin rumbo, por las montañas. Pensaba en su amor, en su vida, en la vida que se estaba creando en su vientre. Y en las palabras de esa mujer que siempre había estado junto a ella...

Y pronto fue el día en que cayó al suelo, y no pudo seguir andando, pues ese pequeño ser nacido del pecado quería salir. Y ella, tan solo con su fuerza, se procuró un buen sitio donde dar a luz.

Estaba sola, totalmente sola, en medio de las montañas. Pero aún así...
La mujer pareció de nuevo, ante ella, con su capa oscura. Sin decir nada, se acercó a la convalecinte muchacha y le dió la mano, pero Reila, como tantas veces en su vida, sonrió.

"vas a verla nacer. A mi hija... la que comparte el mismo pecado que yo..."

La mujer, sorpendida, observó como salía la cabeza. Lentamente, ayudó a Reila con su parto.
El viento pasó, como un cortina que se levanta ante el nacimiento de la desesperación.
Ls pequeña no lloró, ni tan siquiera hizo el intento.
Pero su mdre, débil como estaba, la abrazó con fuerza y le dió un beso en la frente.

"mi niña... por fin puedo verte... mi Reila"

Y la pequeña sonrió.

"Reila... el mismo nombre de pecado..." susurró la mujer. "Debes entregarme este fruto del pecado. Pues al igual que tú, ella ha nacido con el sello del incesto... y con la belleza de su madre. No puede vivir."

Reila miró a su pequeña hija, de ojos dorados.
Sonrió, mientras le cogía la mano.

"¿acaso no me oyes? ¡¡no tendrá más que la vida que tú has tenido!! ¡¡no debería haber nacido, no debe vivir!! ¿dejarás que todos la marquen como a ti, con el sello del desprecio? ¡¡no pienso consentirlo!!" con furia, estiró de debajo de su capa una larga guadaña, y amenazó a la niña.
Pero Reila tan solo sonreía.

"mi querida muerte... que tantos aos me has estado buscando... ha llegado el día." La mujer la miró, sin entender, mientra Reila miraba a su hija "si debes llevarte una vida esta noche... te pido que sea la mía. Aquella alma que tanto has cultivado y tanto has vigilado... y no ésta que aún tiene mucho futuro por delante."

"¿no te das cuenta... de que sufrirá tu mismo destino?"

"por eso mismo, porque sufrirá mi mismo destino... porque vivirá, crecerá, aprenderá sobre la vida, se enamorará.. y será un mundo para alguien. Porque aunque nazca bajo el sello del pecado, no se rendirá... al igual ue yo jamás me rendí. Por eso, solo por eso... llévame a mí."

Reila se levantó lentamente del suelo, dejó a la niña en el, le sotó la mano y se puso frente a la muerte. Cogió su huesuda mano, ahora inherte, y la abrazó con la suya.

"hoy estoy lista... porque ya no me queda nada por hacer. Asi que, llévame..."

Lentamente, la guadaña cayó sobre la espalda de Reila, quien miraba con un sonrisa a su hija...

"no puedo..." de la espalda de Reila salieron unas plumas negras, semejantes al ébano, que las envolvieron por completo. Eran una grandes alas negras.

"¿esto... es la muerte?" dijo Reila, sonriendo.

La muerte, por primera vez, se descubrió el rostro. De su calavera inexpresiva, una voz resonaba, dolorosa, hacia fuera.

"no es la muerte, mi niña... yo no puedo darte muerte ya. Pues, pese al pecado que afrontan tus ojos, jamás te rendiste.. porque eres la viva representación de la esperanza. Pese a estar todo perdido, jamás recurriste a mi... ¿y ahora lo haces tan solo por salvar una vida igual que la tuya? tu vida es demasado valiosa... así que, mi niña... mi pequeña e ingrata niña..."

"yo te doy alas... "


"serás un ángel caído, un ser despreciado por el resto, tan bello y tan lleno de pecado que repudiará su existencia... pero que seguirá viviendo... porque siempre creerá en un mañana... en ese mañana que valdrá la pena vivir."

"así, mi niña... sé feliz, y cuida de tu hija... a la que ahora debes proteger"

Dicho esto, la muerte desapareció...

Y cuentan las leyendas, que tras un tiempo, apareció en casa del joven amado, una niña pequeña de ojos dorados, protegida por unas plumas negras.. que, a pesar de ser fruto del pecado, supo salir adelante...

vigilada siempre de cerca por un ángel... de ojos dorados como ella...

que nunca supo lo que era la rendición. 


 
Pd: porque hay cosas que jamás deben olvidarse =D

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