lunes, 30 de diciembre de 2013

Sombras

Sólo sus estrepitosos pasos rompían el silencio de la noche. Tan veloz como podía, cruzaba sin rumbo fijo el bosque, corriendo, huyendo, implorando salvarse. Tenía grabado en su retina los cuerpos despedazados de sus padres, los ojos apagados y sin vida de su hermano, el campo cubierto de un brillante carmín a la luz de la luna.

Nadie la había visto venir, simplemente apareció. Ella logró esconderse bajo el coche, pero a cambio tuvo que presenciar toda la masacre. En cuanto lo vio posible, se lanzó de cabeza hacia los árboles, en busca de ayuda, refugio, lo que fuera contra esa criatura.

Pero la sombra le seguía la pista, corriendo incansable a través del abrupto camino. Tras su paso, se podía vislumbrar el rastro de sangre que dejaba; daba igual cuanto corriera, la misteriosa figura le pisaba los talones. Ella sólo podía correr, no podía dejar que la atrapara.

Sus pies fallaron en el preciso momento que más los necesitaba, haciendo que cayera ladera abajo. Rodó por raíces y pedruscos, hasta posicionarse al borde de un escarpado acantilado. Intentó aguantar la respiración, sin moverse, deseando que ese pequeño desvío hubiera despistado al perseguidor. Aguzo el oído, nada se oía más que el vaivén de las copas de los árboles. En un arranque de valentía, abrió los ojos.

Su pesadilla le devolvía la mirada desde el suelo.

Presa del pánico, reculó todo lo que pudo hacia atrás, arrastrándose, hasta que sus manos no encontraron suelo y su cuerpo cayó hacia las sombras del mar. Su cabeza encontró suelo antes que sus pies, pero no fue suficientemente rápida; a su lado, sonriendo, la sombra la besaba.

Cuando la encontraron por la mañana, suicidada y cubierta de la sangre de sus familiares, nadie dudó en la autoría del asesinato. Claro está, nadie logro ver a pleno día...

El mal que aún latía en su interior.

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