martes, 3 de diciembre de 2013

Por una vez

-¡Te mataré maldita zorra!
Tras él sonó el portazo, y tras ello, solo sollozos. La había dejado encerrada en la habitación donde, antaño, le pegaba hasta dejarla inconsciente. No recordaba si había escuchado el chirrido del pestillo o si era su mente acostumbrada; en realidad poco importaba, no tenía fuerzas ni para ponerse en pie. 
Posó sus manos sobre el voluminoso vientre, intentando en vano reparar el dolor que la paliza le habría costado a la criatura. Huyó de sus garras en cuanto supo que estaba en cinta, pero su perdición fue no querer abandonar a sus padres. Caso error, ya que ambos teñían ahora la alfombra de la entrada. 
Era el fin, lo sabía y lo aceptaba, como aceptaba que el hijo de ambos no sobreviviría a los maltratos del padre. 
Tras unos minutos eternos, se dio cuenta de que tenía la entrepierna mojada. No había orinado, así que eso sólo significaba una cosa: el pequeño quería salir.  
 Ella quería verle. 
Abrió como pudo las piernas, se agarró con fuerza la falda y empezó a empujar. Uno, dos, tres. La sangre goteaba por las piernas, y notaba como la carne se rasgaba y abría bajo la presión. Desfallecía por la fuerza, pero debía sacarlo. Alargó las manos hasta su miembro, le tocó la cabeza, la cogió entre sus manos.
Y tiró.
Notó los huesos del cráneo ceder a su fuerza de adulto, pero nada importaba; debía verlo. Estiró con fuerza, mordiéndose el labio hasta que borboteaba sangre, sudando, muriendo, hasta sacarlo. Una vez fuera, agotada, lo alzó frente a ella.
El pequeño no lloraba, pero aún movía levemente sus manitas. Se lo acercó al rostro, para besarle la frente.
No escuchó la puerta, ni los insultos, ni siquiera el tiro. Apenas vio la bala llegar a la cabeza del niño, atravesarlos a ambos. Aún en el suelo y con su futuro muerto encima, su rostro sólo reflejó la tranquilidad de, al menos una vez.

 haber podido vislumbrar el rostro de su hijo.

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