jueves, 5 de mayo de 2011

Dance with the sky

Cuando nací, busqué una figura que me hiciera de guía, como todos los bebés, imagino. Pero allí no estaba ni mi madre, ni mi padre, ni aquellos que me hubieran engendrado.
Ante mi, solo había cielo.
Así que ese cielo fue mi madre, mi padre, mi profesor y mi guía.
Aprendí de él, de lo que él me mostraba,
aprendí a valerme por mí misma.
Para alcanzarlo, aprendí a mover mis alas como los pájaros que lo surcaban, y creedme, no fue nada fácil.
Pero finalmente aprendí.

Pero hay algo que el cielo nunca pudo darme, y ese algo fue compañía.
Pues como de él aprendí, vi que todos lo surcaban, todos le acompañaban, pero nadie se quedaba con él.
Lo querían, pero nadie lo comprendía.
Lo amaban, pero nadie lo poseía...
porque era un espíritu libre, indomable, demasiado basto para alguien y demasiado solitario para poder tener compañía.
Esa fue la primera vez que sentí lástima por el cielo.
Pues, por mucho que llorara, nadie iba a consolarlo,
por mucho que gritara, nadie se atrevía a plantarle cara.
Por mucho que se inundara de dudas, que se escondiera tras incontables cortinas, nadie era capaz de apaciguarlas...

Ni siquiera yo.

Y sentí miedo en ese momento,
en el momento en que comprendí que yo era hija del cielo,
y como tal
había aprendido todo de él...
también a ser como él.

Y ahora somos dos seres solitarios,
aprendiz y maestro,
rodeados de gente, dueños de nada
porque nada somos, en realidad...

más que seres encarcelados de su propia libertad.


Cuando nací, busqué una figura que me hiciera de guía...
pero hoy busco una figura en la que reflejarme...

y poder estar atada a algo más pequeño
que el cielo que me vio crecer.

domingo, 1 de mayo de 2011

open your wings...

Abre tus alas, pequeña, mira cuanto cielo te rodea.
Tus patas están bien enlazadas a esta rama de la cual cuelgas, firme, segura.
Pero no hay nada tras eso,
solo espera, angustia, sueños que no cumplir y promesas olvidadas.
No porque las olvidaras tú, no te confundas...
Ya nada logras estando aquí.

Abre tus alas, pequeña mía,
sal a explorar ese mar de sombras,
¿miedo? Lo desconocido siempre lo da
pero nunca ganarás nada quedándote aquí.
Vuela alto, en el firmamento,
vuela hasta el fin de los tiempos.
Recorre lugares olvidados y haz batir tus alas con fuerza sobre el viento...
sobre ese viento que se ríe hoy de ti, mientras esperas,
mientras temes sacar tu patita de este árbol y dejarte llevar.

Abre tus alas, mi dulce mariposa... y vuela lejos...
a un lugar donde tus sueños puedan hacerse realidad...
a un mundo donde ya nunca estés sola...

¡¡¡PLAF!!!

Abre tus alas... pero aletea con fuerza,
mi mariposilla, aunque duela, aunque se te vaya el alma en ello.
Porque si te sueltas, si decides volar y saltas...

Has de mantenerte en el aire.

Porque si no te esfuerzas tú, nadie más lo hará...

y tu único destino será la húmeda tierra que hay bajo mis pies.

miércoles, 20 de abril de 2011

Mezcla de ilusiones

Angustia.
Paciencia.
Desesperación.
Confianza.
Amor.
Esperanza.
Locura...

Todo lo metí en una bolsa, la amarré con fuerza y me la cargué a la espalda. Aunque no la viera, sentía como todos estos sentimientos luchaban, unos contra los otros, intentando aniquilarse entre sí.

Y sí, me dolía.

Notaba como mi espalda recibía cada uno de los golpes, como era aplastada por ese torrente de emociones que discurrían, unos con otros, que hacían entre todos un fardo insoportable.
Insoportable.
Pero que había que soportar.
¿Porque?
Porque había un sentimiento que no había metido ahí dentro, un molesto sentimiento que había descartado de la lucha, y que llevaba al bolsillo, dispuesta a lanzarlo al viento.
La rendición.
No quería conocer esa expresión, pero sabía que no era imposible que llegara el día que, pese a todo, tuviera que abrazarlo.
Y ahí estaba yo, aguantando mi lucha a cuestas y sin plantearme dejarla ahí, a un lado, abandonarlo todo y seguir adelante sin nada de eso.
Porque quería parte de lo que ahí dentro había, de lo que estaba destruyéndose, y debía tener fe y pensar que esas ínfimas posibilidades de victoria se harían realidad...
Y que al abrir la bolsa no lloraría por las penas, por los cuerpos perdidos...
sino por la felicidad de ver mis sueños hechos realidad.

Este fardo pesa mucho... ya no sé siquiera si hay algo vivo dentro...
pero no me atrevo a mirar...
porque me da miedo lo que pueda ver.

Porque, a fin de cuentas, solo hay un sentimiento que queda vivo, no en la bolsa, sino dentro de mí... que quiero que desaparezca, y que no desaparecerá por mi mano por mucho que quiera...

la impotencia.

Encuentros fortuitos

Nunca supe como pasó. 
¿Descuido? 
¿Confianza? 
¿Intencionado? 
Fuese como fuese, la puerta quedó abierta, descuidada, y, como no, la niña escapó. No es que quisiera huir, no queria dejar de estar encerrada, su pequeña mente no llegaba a tanto. Curiosidad, eso que mató a tantos gatos la impulsó a cruzar la gran puerta, sin recordar cuanto sufrió al estar fuera, sin acordarse de lo desprotegida que estaba allí. Cuando me di cuenta, era demasiado tarde. Ella ya se había ido, ya pululaba por las calles sucias y vacías de sentimiento.

Me angustié. 
¿Cuanto me iba a costar este desliz? 
¿Cuanto podría durar el disgusto? 
Eso contando que la encontrase a tiempo...

Moví con fuerza la cabeza hacia los lados. No, no podía permitirme dudar ahora. No había tiempo que perder.

Empecé a recorrer calles, a remover cielo y tierra con tal de encontrarla, pero no habia forma de dar con ella. 
¿Donde se había metido? 

Y una idea veloz cruzó mi cabeza, dandome escalofríos. No la encontraría si ella no queria que la encontrara. Se estaba escondiendo de mí... Y eso era malo, muy malo. Dejé de intentar buscarla, de recorrer calles oscuras asustada, pensando encontrarmela sana y salva, tal y como estaba entre mis brazos.

Me preparé para lo peor.

Una pluma acarició mi cabeza, y al alzar la vista me encontre con un peculiar ave. Le pegué dos bufidos intentandola espantar, pero, lejos de eso, empezó a picotearme. Decidí darle su merecido retorciendole el pescuezo cuando echó a volar, y empecé a perseguirla. Cada vez más rápido, el ave se me escabulló por calles invisibles, hasta llegar a un pequeño jardín.

Allí estaba ella.

Pero no me miraba a mi, miraba al ave, que descendió y puso su cabeza en el regazo de la niña, esperando una caricia.

Mi primera reacción fue asustarme. Había vuelto a pasar. 
¡Maldita sea! 
Sería doloroso volver a encerrarla, muy doloroso. No sabía hasta qué punto podría soportarlo. Esa niña había nacido para sufrir, de eso no me cabía la menor duda, pero hacía años había jurado y rejurado protegerla del dolor, de todo lo que pudiera hacerle daño... Y ahí estaba, en medio de la nada, sucia y acariciando a un ave que, sin duda, intentaría sacarle los ojos en cuanto se cansara de las caricias.

Me acerqué decidida. Lo primero era recuperar el control de la situación. Me la llevaría aunque fuera a rastras... Tenía que protegerla con mi vida.

Y entonces su penetrante mirada me paralizó. No la del ave, que seguía acurrucada, sino la de la niña. Una mirada limpia, decidida. Ya había caído. ¿Y aun seguía intacta? Sí, estaba sucia, raida... Pero sus ojos no eran llorosos, no eran los que tantas veces había visto. Aun no le había hecho daño.

El ave me miró. No lograba descifrar su rostro. ¿Pudiera ser que hubiera alguien capaz de estar cerca de ella sin condenarla?

Respiré hondo, abatida. Lo que nunca debió volver a pasar había pasado, mi misión había fracasado, ella había vuelto a ver el mundo exterior y había vuelto a confiar en un extraño. Y aunque me pesara, yo ya nada podía hacer.
Así que me acomodé cerca de ellos, mientras la veía aguantar sus garras, sin quejarse, sin rendirse... Tarde o temprano lo haría...

¿No?

Y allí estaría yo, como tantas veces antes, para volver a protegerla... A incomunicarla para que nada pudiera hacerle daño.
¿Pero y si ese ser no le hacía daño?
La duda me corrompía... Pero no me quedaba más que esperar... Que esperar...

A que la historia se repitiera.

Tal vez, solo tal vez, ella por fin podría haber encontrado alguien con quien poder compartirse... Y, a fin de cuentas, ya nada perdía intentando descubrirlo.

Tal vez en este mundo hubiera alguien, aparte de mí, a quien le importara esa criatura...

martes, 22 de marzo de 2011

Aminorando el paso

Sus pies aminoraron la marcha, sin previo aviso, sin motivo aparente. Su rostro, lentamente, se elevó del suelo, y sus ojos vieron, tal vez por primera vez, al resto de personas que la rodeaban.
Andaban y andaban, sin parar, sin mirar alrededor, centrados en sus pies y andando al mismo ritmo. Ella trató de recordar... 

¿Hacia donde iban? 
¿Qué tan interesante había ahi abajo, como para no elevar los ojos al cielo,
no mirar alrededor, no disfrutar de la compañia? 

Ya no podía recordarlo...

Siguió andando, más despacio, fijandose en los demás, en el cielo azul que habia sobre su cabeza. La gente la esquivaba, pasaba x su lado, desviaban ligeramente su trayectoria, pero seguian su camino. 

¿Nadie quería hablar con ella? 

Ella sí quería compartir ese momento con alguien, alguien que lo viera tan hermoso como ella, alguien que la mirara a los ojos y pudiera disfrutar, sin prisas, de ese aroma que ella podía recién respirar...

Se desvió del camino, alejandose de la multitud. Una brisa cálida la envolvió. Paró en seco y, mientras elevaba la vista al basto cielo azul, respiró profundamente. Era suave, sensible, dulzón. 
Reconfortante. 
Era una brizna de felicidad.

Y siguió andando, disfrutando de ese momento, agradeciendo poder vivirlo, mientras seguía ajena al sentimiento que lo había hecho posible...

Porque ni ella misma se habia dado cuenta... 

De que había empezado a amar.

domingo, 6 de febrero de 2011

Maldito olvido

Despertó en un cruce, tirada en la calle. Frente a ella solo había noche, noche y frío. ¿como había llegado ahí?
Se arrinconó en la cuneta, esperando un coche, esperando una señal, algo que pudiera servirle para orientarse.
Un coche llegó.
Le hizo señas para que parara, pero el coche no se detuvo. Abrió la ventanilla en pleno acelerón, y lanzó una manta. ¡una manta! Se tapó con ella sin dudarlo, y siguió esperando...
Otros coches como ese vinieron esa noche, lanzaron comida, lanzaron agua, incluso lanzaron una almohada que le sirvió para dormir. Pero ninguno de ellos paró. Ninguno.
¿por qué lanzaban cosas sin más?
Al despertar de la cabezada, aún era de noche. Siguió esperando. Y mientras esperaba, iba organizando lo que los coches le iban tirando: tablillas de madera, pegamento, ollas, cubiertos...
Nunca se hacía de día, pero como se cansó de dormir, empezó a confeccionarse, en aquél cruce, un lugar para refugiarse.
Pronto acabó siendo una pequeña pero confortable casa, con una silla en el porche, donde se sentaba y esperaba.
Esperaba a que alguien llegara.
Pero ¿quién?
Ya no lo recordaba... tan solo se dedicaba a recoger lo que otros tiraban a su suerte. Ella lo recogía, lo remodelaba, y lo guardaba con aprecio.
Pero llegó el día en que entendió que nadie vendría a buscarla... y tuvo que pensar en partir.
Y ese día comprendió por qué los coches lanzaban sus trastos al vacío, porque ella debía hacer lo mismo. Si quería partir, si quería avanzar, debía abandonar su casita, sus objetos que con tanta devoción había guardado.
No quería hacerlo, pero no podía con todos ellos. ¿y cómo escoger entre todos ellos, si cada uno tenía un valor incalculable para ella? 
Finalmente echó a andar, sin nada en los bolsillos, tal y como había llegado a ese cruce. Su casita de despojos ahí se quedó, mientras ella lloraba, desprendía una lágrima por cada amigo que dejaba atrás, cada momento vivido con ellos, simples objetos, simples desechos de otros, que le habían salvado la vida y que habían formado parte de la suya.

Ella ahora los volvía a desechar.

Pero para ella fue más duro... ella no tenía un coche con el que correr, con el que no poder mirar atrás y recordar, a cada segundo...
Que jamás volvería a verlos...

Y que eso nadie lo podía cambiar.

Pd. odio los coches, pero más a sus conductores.

jueves, 27 de enero de 2011

Love stone

La joven apenas había llegado a la adolescencia de su vida. Era hermosa, tozuda y orgullosa, y por ello nadie se atrevía a entrar en su mundo, nadie se atrevia a acercarse y tenderle una mano. Pero eso a ella no le importaba, pues no estaba sola. Estaba enamorada.

Lo conoció un dia de lluvia, mientras sus padres discutian. Acongojada por los gritos, huyó de casa hacia el monte, y en poco tiempo se perdió. Andubo y andubo, y finalmente cayó agotada, calada hasta los huesos. Ahi lo conoció. Custodiando una antigua cueva, un hombre la miraba fijamente, sin moverse. "¿No piensa ayudarme?" gritó la joven, pero el hombre no se movió. Orgullosa como era, la joven hizo acopio de sus fuerzas y se levantó. Se le acercó lentamente, pues apenas se mantenía en pie, y al llegar a su lado un rayo iluminó el rostro del muchacho. Era frío y blanco como el mármol, pero sus ojos la miraron fijamente. Las piernas le fallaron, no podía mas. Su cabeza impactó con sus manos y todo se volvio negro.

Cuando despertó, el sol le acariciaba los pies doloridos. Estaba seca, metida en la cueva y resguardada del frío. Y el hombre seguía ahí tan impasible como a la noche. Se levantó y se acercó a él, y entonces fue cuando lo descubrió: que no es que fuera blanco, es que realmente era de mármol. Era una estatua. Llena de dolor al ver que su salvador no era un hombre, cayó al suelo llorando. Nadie habia venido a por ella, estaba sola. Miró a la estatua que se erguía fuerte ante ella, y en un momento desesperado, lo abrazó. Habia esperado chocarse con el frío material, pero la piedra estaba caliente. Se sentia agusto. Estuvo así mucho tiempo, hasta que unas voces la hicieron salir de su mundo: sus padres, que aparecieron con cara de preocupación y la abrazaron. Mientras se la llevaban, felices de haber encontrado a su hija, ella se miraba las manos, recordando una y otra vez el tacto cálido de esa estatua..  miró atrás mientras se alejaban, y vio en su delirio que la estatua le sonreía.

Y allí dejó su corazón, pues había encontrado a alguien que superaba su orgullo, que no perdía el porte y que la hacia no sentirse sola nunca más... Se había enamorado de una piedra.

Pero el tiempo pasó, y aunque ella seguía enamorada, era un amor muy doloroso. Iba casi diariamente a visitarlo, le contaba sus problemas, se acurrucaba en sus piernas, acariciaba sus manos. Pero la piedra seguía impasible. Tras eso empezó a querer hacer cosas con él, a intentar llamar su atención, pues ella sabía que no era una piedra corriente, ¡Le había sonreido! La había salvado de morir del frío esa noche, y por ello lo amaba. Lo besaba, le bailaba, incluso trató de seducirlo carnalmente, pero la piedra no se movió.
Y la joven, que siempre había sido tan orgullosa y segura de sí misma, se empezó a descubrir llorando por los rincones, con un agujero en su corazón, pues su apuesto caballero blanco no la amaba. Pero ella no iba a rendirse, jamás.

Finalmente, llegó el dia en que sus padres decidieron casarla. Ella se negó, pero no podía decirles a sus padres la verdad: como iban a entender que estuviera enamorada de una piedra? Asi que hizo lo único que podía hacer: huir con su amado. Preparó lo básico para sobrevivir y salió en su busca. No se dio cuenta, al salir, que alguien la seguía... 

Al llegar, se arodilló ante él y, con lágrimas en los ojos, le suplicó que huyeran juntos. Pero la piedra no se movió. Indignada, empezó a gritarle, a reprocharle lo mucho que lo había amado, que lo amaba, mientras que eso a él parecía no importarle. Pero la figura ni parpadeó. Finalmente, con el corazón destrozado, tan solo le pidió que la abrazara, que la embriagara de nuevo con ese calor que la salvó. Lo abrazó, sintió una pizca de su calor y suspiró aliviada: la amaba, no lo demostraba con actos, con palabras o con gestos, pero su calor bastaba para que ella lo entendiera.

Pero los demás no lo entendieron. Su pretendiente la había seguido y, desde un rincón, lo había visto todo. Les contó a los padres de la muchacha, alegando que había perdido el juicio, que estaba loca. Los padres no le creyeron, pero al ver que su hija no volvía, accedieron a ir con el joven a la gruta donde se encontraba su hija. Fuera de sí por la vergüenza que su hija le estaba haciendo pasar, la arrancó de los pies de la estatua y se la llevó a rastras, ignorando las súplicas y los llantos de una hija orgullosa que, por su propia dejadez, habia caido en locura.

La encerraron. No la dejaban salir, ni siquera a pasear con alguien más, y en poco tiempo le confirmaron que la trasladarían a un centro especializado. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¡Su hija estaba loca! ¡Afirmaba amar a un trozo de piedra!

Presa del pánico por no poder volver a ver a su amor, la joven tomó una decisión. Una noche fría, se escapó por la ventana mientras sus padres dormían. No llevaba nada con ella, esta vez: ni zapatos, ni ropa de abrigo... Iba cubierta únicamente con su fino vestido de cama, y un objeto pequeño que apretaba en su puño. Se puso a llover, y empezó a tiritar, pero su amor le daba fuerzas para avanzar. Porque era su amor por aquel ser estructurado, solo eso, lo que daba sentido a su existencia. Y sin él... Llegó frente a la piedra, y cayó a sus pies, rendida. 

No paraba de llover.

No quedaba mucho tiempo, lo sabía. En cualquier momento descubrirían su escapada, y entonces solo sería qüestión de tiempo que la encontraran. Quería quedarse ahí, con él, para siempre, y aunque doliera, sabía que solo había una manera. Abrió su mano y descubrió una navaja. Era vieja, pero sin duda serviría. Romeo no dudó en quitarse la vida por estar junto a Julieta, y ella tampoco iba a hacerlo. 

Porque lo amaba, y no podía vivir sin él.

Recostada en sus piernas, pudo escuchar vagamente como alguien se acercaba. Sonrió, mientras veía como la sangre se mezclaba con la lluvia. 

Llegaban tarde.

Mientras sus padres lloraban e intentaban inútilmente retener a su hija, ella miraba el rostro de aquel muchacho, aquella piedra que llenó el agujero de su alma. Y, entré la lluvia, lo vio llorar.

Lloraba de impotencia por el destino de su amada. Lloraba de dolor por no haber podido consolarla...

Lloraba porque él, una piedra, no pudo hacer nada por ella... Salvo matarla.